lunes, 18 de marzo de 2013

Recogida de sarmientos

El pasado sábado 9 de marzo la Cuadrilla de los Viernes salió a correr aventuras a lomos de la sin par Agropérez. De igual manera que Don Quijote erró por la inmensa llanura manchega en pos de emociones, los desnortados Cofrades recorrieron las viñas de Villamediana durante toda una mañana en busca de sarmientos, esos preciados pámpanos que tanto alegran nuestras noches dionisiacas.

Desde que despuntó el alba los Cofrades estaban listos para acometer tamaña prueba. Sobre el papel todo estaba perfectamente organizado: el plan, la estrategia y su ejecución. Sin embargo, como no podía ser de otra manera tratándose de la Cuadrilla, perdimos el papel y prácticamente todo quedó expuesto al arbitrio de la improvisación. Quizá por eso lo pasamos bien y al final triunfamos.

La Cuadrilla reivindica aquí su peculiar manera de coger sarmientos, atendiendo ante todo al método comunicativo, es decir, en círculo, en torno a un montón, de manera que los Cofrades pueden participar activamente en la conversación sin perder en ningún momento la cara a sus interlocutores. Sabemos que este sistema provoca un visceral rechazo entre la ortodoxia más apegada a la norma, donde la efectividad prima sobre el ágil discurrir de la charla. Sin embargo, nosotros, los Cofrades de Viernes Sí, heterodoxos por naturaleza, pachovillistas por convicción, no estamos sujetos a más norma que la dictada por nuestro libre albedrío, amén de las zancadillas que nos pueda poner, y que nos puso, esa puta antojadiza y caprichosa llamada Fortuna.

Porque Fortuna se alió con la ortodoxia y nos negó los montones, y nuestra recogida de sarmientos se convirtió en el decimotercer trabajo de Hércules. Vagamos por La Plana, Reicilla, Valsalao, Los Tollos, La Venta y Zorraquín, convirtiendo nuestra búsqueda en un agónico ejercicio de rapiña. Sin embargo, como observarán en las imágenes, la Cuadrilla no se arredró, hizo frente a todas las malaventuras y luchó con gran denuedo y continente para alcanzar su meta.

Imagen que revela como pocas el trinque y la rapacería a la que los Cofrades tuvieron que recurrir para rebañar unas pocas gavillas. Sin embargo, nada ni nadie podía poner freno a nuestra imparable conversación.

Voilà, la vida, que ya empezaba a dar sus primeras pataditas en forma de lágrima dentro de la cepa. El llanto de la vid, primer síntoma de la cercana brotadura.

Sí, es él, nuestro catecúmeno, el mismísimo Verso Suelto, que durante toda la mañana y con suerte desigual realizó las oposiciones a Cofrade. En fin, el informe será enviado en breve a la CÁTEDRA tal y como se convino en la última cena celebrada con ELLOS. 
Querido Juan, la suerte está echada, la CÁTEDRA sabe que te escaqueaste a la hora de descargar las gavillas, pero también tiene conocimiento del arrojo y entusiasmo que mostraste en la recogida, quizá un poco sobreactuado, es verdad, pero arrojo al fin y al cabo. No intentes sobornarlos, ELLOS son incorruptibles.

La victoria de la Cuadrilla frente a la adversidad fue clara y contundente, había pues que inmortalizar la hazaña, y para ello, fruto una vez más de la improvisación (nuestra mejor cualidad, quizá la única) nació el agrotrípode, que ustedes podrán apreciar en esta imagen.

He aquí la instantánea del éxito, ríanse de la foto de Iwo Jima, la nuestra sí que es una auténtica foto post victoriam, los lomos de la camioneta dan fe de ello. 
Una año más, y van quince, los Cofrades salieron airosos de una mañana plagada de aventuras y desventuras. Se trató de una guerra desigual en la que, apelando a la épica, se logró finalmente llenar la Agropérez de sarmientos, de humildes ramas de vid convertidas en gavillas, que por mor de la tenacidad cofraternal fueron a parar a las despensas de la Domus Áurea.

Para terminar, dos imágenes que expresan con manifiesta elocuencia el modo en que la Cuadrilla de los Viernes celebró su heroica victoria, dentro ya del Refectorio de la Domus.

Estáis todos bendecidos, caros amigos.


martes, 12 de marzo de 2013

Rozando el Cielo

Queridos amigos que no seguís desde todos los rincones del mundo, muchas gracias por seguir fieles a esta nueva e inconstante cita con el blog de la Cuadrilla. Digo inconstante porque quienes lleven la cuenta de nuestros Viernes Sí, sabrán que aún no se había publicado la crónica de la última cena. Pues, bien, que sepáis que cenamos jalufo, es decir, cerdo.

Por nuestra mesa pasaron los cuatro ases de la baraja porcina: costilla, panceta, careta y choricillo, lo que en el argot cuadrillero se denomina, "dieta mediterránea". 

Sabed también que bebimos vino de la CÁTEDRA, poderoso antioxidante, y que, estimulados nuestros sentidos por tan delicado néctar, evocamos un viaje en el que, rozando el Cielo, creímos volar sobre un mar de viñas, entre La Venta y Valsalao. 
La conversación fluyó con gran caudal de verbo y de vino; qué bien se estaba, queridos amigos, cuánta armonía flotaba en el ambiente. Y las copas llenas de alegría, y la chimenea crepitando veranos sin cesar, y ese no sé qué que se queda balbuciendo y no se puede explicar; ¡cuán inefable es la experiencia mística!
Se puede decir sin rubor alguno, que estuvimos en la Gloria Bendita y que por un momento percibimos cómo el Supremo Hacedor nos rozaba con Su Dedo. ¡Qué magnífica Comunión!

Después de semejante viaje, la verdad es que no recuerdo muy bien lo que ocurrió. Se sabe que la despresurización fue correcta y que luego estuvimos por la plaza. El resto se lo pueden imaginar.

Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire este arrivé.

Estáis todos bendecidos, caros amigos.

martes, 5 de marzo de 2013

Nostalgia del frontón

El otro día estuve en el frontón, fui a ver un partido, la semifinal de un torneo juvenil. El encuentro era por parejas, y reconozco que sólo la relación con alguno de los pelotaris que intervenían esa tarde, en concreto los dos delanteros rivales, Rodrigo e Iturriaga, fue lo que definitivamente me llevó a presenciar el encuentro. Pero no voy a hacer una crónica del partido, sólo pretendo mostraros algunas de las fotos que hice y contaros también las impresiones que me asaltaron mientras presenciaba el partido.

Quizá esta foto sea un poco la metáfora y a la vez el reflejo vivo del estado que vive actualmente la pelota en el campo aficionado. Lo que vi fue un partido con emoción y con pelotaris de gran clase, chicos con proyección. Es cierto que todavía les queda mucho por delante, pero que desde luego ya apuntan muy buenas maneras. Estoy seguro de que están al nivel, peldaño arriba, peldaño abajo, de los juveniles que hace treinta años llenaban los frontones de los pueblos en el Torneo Interpueblos. Me entristeció ver que estos jóvenes aficionados, aun habiendo alcanzado una semifinal y un más que aceptable nivel de juego, no tenían más público que cuatro aficionados irreductibles y sus familiares más próximos, nada más. Y entonces sí, me vinieron a la mente los recuerdos de aquellos deportistas de blanco, fajín rojo o azul, que en las primaveras y veranos de los años setenta y ochenta levantaban pasiones en el frontón de la plaza, ante un público entregado que se acomodaba como podía en improvisadas gradas.

Este entusiasmo, lógicamente, no era exclusivo de Villamediana, estaba presente en todos y cada uno de los pueblos de La Rioja. Hace treinta años un chaval de Huércanos de apenas quince años llenaba los frontones allá a donde iba. Ese chico del que hablo era Gorostiza y, junto a Santi, despertaba mucho más entusiasmo entre los aficionados del que pudo llegar a provocar años después, cuando entró en el campo del profesionalismo. No porque de chaval fuera mejor que de mayor, sino porque la pelota se vivía de otra manera.
Pero él no era el único, recuerdo que en aquellos domingos intensos de Interpueblos, había otros jugadores que también eran muy conocidos y por ello temidos en las localidades vecinas. Sólo voy a citar a dos o tres, los que ahora me vienen a la memoria. Heras, de Pradejón, Salaverri, de Fuenmayor, o la mítica pareja de Heliodoro y Bolito, todos ellos eran ya muy populares cuando jugaban en juveniles, y formaban parte de esa pléyade de pelotaris que animaban y enriquecían con su juego el Torneo de Interpueblos.

Recuerdo también cómo los aficionados se desplazaban y acompañaban a los jugadores del equipo local por todos los frontones de La Rioja. El Torneo Interpueblos se seguía como si una liga de fútbol se tratara. Yo tenía, como otros muchos aficionados, el calendario del torneo con los puntos y los tanteos de los partidos (pues al final esto también podía ser decisivo), que domingo a domingo rellenaba a mano conforme iba conociendo los datos, y si era preciso esperaba al día siguiente para consultarlo en el periódico y terminar de aclarar la situación. Diré más, y puede que exagere, pero hasta barrer el frontón era todo un ritual, no se caían los anillos de nadie por tirar de escoba, y se hacía mientras el público que empezaba llenar la plaza, formaba corrillos y comentaba la entidad y categoría del equipo rival, o si se sabía ya quién iba a ser el zaguero de Sebas, si Jesús Bellido o Ismael.

Fue quizá entre la segunda mitad de los setenta y la primera de los ochenta cuando se vivió el momento más dulce de la pelota amateur, cuando este deporte acaparaba el interés de casi todo un pueblo. No olvidemos que se trataba de una liga, y la atención hacia las categorías inferiores era tal que un partido ganado por los alevines contaba lo mismo que uno de categoría absoluta o juvenil. Eso sí que era respeto por la cantera, y por eso, porque todos los partidos contaban igual, el frontón ya estaba lleno cuando empezaba el primer partido, que si no recuerdo mal, jugaban chicos menores de catorce años.

Bueno, y qué decir de los jugadores de Villamediana, qué decir por ejemplo de un Bastida, que llenaba el frontón hasta cuando jugaba "al tanto perdido". Si había un pelotari en Villamediana que era temido y respetado por los rivales, ese era Bastida. Sobresalía por su tenacidad y picardía en los cuadros delanteros, así como su visión y su técnica. Ah, y más allá del juego destacaba por su proceder, sin aspavientos ni juramentos sobreactuados, con naturalidad y hasta con mesura, y en esto tengo la sensación de que el joven Rodrigo Marín ha heredado sus maneras. Eso también me gustó mucho.

De Bastida recuerdo sobre todo sus dejadas desde muy atrás, a veces desde el cuatro. Cuando parecía que iba a despejarla hasta más allá del siete, eso daba a entender por su postura y expresión, abría la mano y mecía la pelota con la palma, acariciándola y fijando sus coordenadas, y al mismo tiempo pegaba un pisotón fuerte en el suelo, la señal para los rivales de que la pelota saldría con gran violencia, sin embargo ésta despegaba de su mano dibujando un parábola caprichosa que todo el mundo seguía con la mirada y la respiración contenida, pues volaba con la cadencia y el suspense de las folhas secas de Didi, hasta impactar agónica en el frontis, a pocos centímetros de la chapa, y después dejarse caer perezosamente a menos de medio metro de la pared, en un bote pobre y corto que los contrarios sólo podían contemplar mientras trataban de incorporarse, rodilla en tierra, rendidos por un engaño a contrapié.
Entonces sí, el público volvía a respirar, y al tiempo gritaba, aplaudía e incluso enloquecía. Volaban esos cartones que la gente usaba como abanico y los gorros de papel de periódico, y hasta el bochorno canicular de alguna de aquellas tardes de verano parecía desvanecerse.
Bastida ejecutaba ya esta jugada cuando tenía la edad de estos chicos de las fotografías, pero ellos no tienen público, no despiertan las pasiones que de verdad merecen, son hijos de otro tiempo, y eso es lo que me produjo cierta melancolía.

Como un dato anecdótico, pero muy importante para refrendar lo que ahora estoy exponiendo, me vienen a la memoria acontecimientos de gran repercusión mediática que yo también seguía con expectación y que coincidían en las fechas con estos torneos de pelota, me refiero a los Mundiales de fútbol, que sin embargo no eclipsaban la preponderancia de la pelota.

Recuerdo la final de Argentina 78, es verdad que podía haber gente por los bares viendo el partido, pero nada podía con el interés que suscitaba por ejemplo un Varea-Villamediana o un Villamediana-Albelda en Interpueblos. No sé con exactitud qué partidos hubo en el frontón, cuál era el pueblo rival aquellos domingos concretos, pero mientras Mario Kempes terminaba con la ya maltrecha naranja mecánica en el 78, o al tiempo que en España se jugaba la final del Mundial 82, en muchos pueblos de La Rioja, un evento de menor alcance mediático se vivía con idéntica intensidad y pasión que la final entre Italia y Alemania, y puedo asegurar que los tantos en el frontón se coreaban con el mismo ímpetu que el viejo tifossi Sandro Pertini mostraba para celebrar los goles de su selección en el palco del Bernabéu.

Por todo ello me acordé de esos días de gloria, del esplendor en La Rioja de la pelota de aficionados, y me dio la impresión de que se había producido una ruptura en esa correa de transmisión que desde hacía muchos años unía en los pueblos a pelotaris y afición. Primero Tomás Benito y Esteban Gil, más tarde Papitos, Julito, y después Carmelo y Jose Mari, quizá uno de los mejores jugadores que ha habido nunca en Villamediana. Su testigo lo cogió después, casi para no soltarlo, el incansable Sebas, el más ganador de los pelotaris que he visto, y más tarde Bastida, y con él el arte entró en el frontón, junto con nuestro adorado Rafa, el Curro Romero de la pelota (ver), después Merengue y quizá todo acabó con Berna, con los JJOO del 92, con la irrupción de la televisión y de las nuevas empresas de pelota profesional.

Con la decadencia del torneo y la desaparición del frontón, del propio escenario del centro del pueblo, la pelota ya no ha vuelto a tener el brillo que tuvo durante esa época que yo, desde mi recuerdo y sólo desde mis impresiones, percibo como la edad de oro de este deporte.

Esas fueron mis impresiones, los recuerdos que me asaltaron mientras veía a estos jóvenes pelotaris en acción. No pude evitar sentirme invadido por la nostalgia, no porque el tiempo pasado aparentemente fuera mejor, sino porque el presente me pareció un tanto desolador, y porque a tenor de su juego y de su arrojo y voluntad, esos cuatro chicos que vi el otro día en el frontón de mi pueblo merecían otra cosa.
Entonces también caí en la cuenta del mérito que tienen escuelas como la de Bastida en Villamediana, de gente como Sátur o Roberto (y más que seguro me dejo por desconocimiento), y del incansable aliento de esos recalcitrantes aficionados, como los que en la imagen superior contemplan el partido.

Pero hoy quiero quedarme sobre todo con el ímpetu de esos cuatro chavales que saltaron a la cancha y saludaron a una grada vacía para después jugar como si estuviera llena.
¡¡Chapeau!!
                                                             


lunes, 18 de febrero de 2013

La CÁTEDRA en la Domus Áurea

Queridos amigos que nos seguís desde todos los rincones del mundo, bienvenidos a una nueva crónica  de Viernes Sí. Tenía que llegar y llegó, nos referimos, por supuesto, a una de las cenas más esperadas y celebradas del año. Después de dieciséis meses, ese Consejo de Sabios llamado la CÁTEDRA volvía a la Domus Áurea, una visita esperada por todos nosotros con reverencial impaciencia. 
Hacía ya tiempo que el evento se venía trabajando, se trataba de una cena planificada y estudiada por la Cuadrilla al milímetro. Todo estaba atado y bien atado, y nada debía de quedar expuesto a los venturosos caprichos del azar. 
Hay que confesar, ahora lo podemos decir, que durante los días previos a la ansiada cita la Cuadrilla celebró varias reuniones, incluso ciberreuniones, con el único objeto de que todo estuviera al detalle, y de que la CÁTEDRA se sintiera en el Refectorio de la Domus Áuea como en el Paraninfo de su Universidad.
Qué nervios, amigos, en los momentos previos a la llegada de la CÁTEDRA, el Refectorio era escenario de un frenético tráfico de platos, cubiertos, copas, viandas, etc. Aquello parecía la cocina del Bulli.

El Cofrade Paco Levita, tradicional Maestro de Ceremonias en eventos de tamaña envergadura, se encargó del protocolo. Él es el único responsable de que hubiera por ejemplo una perfecta simetría en la disposición de la mesa, los platos, las copas y los cubiertos. Qué detallista, amigos, tenían que haberlo visto con la escuadra y el cartabón. 

"El chorizo en medio, no más de dos milímetros de grosor". Hasta siete piezas de chorizo mandó devolver a la cocina el Cofrade Maître Levita por superar el grosor. Pánico daba verlo con el calibre en la mano.  
"A ver esas hojas de lechuga, ni muy encabalgadas ni muy tumbadas", nos decía a grito pelado el Dueño de la Cordura, el Cofrade que vino del Najerilla para insuflar algo de sensatez entre tanta casquivanía iregüense. Y repetía, "la lechuga ha de estar como una mar rizada", ojito con Levita, menudo poeta, qué clase tiene.

Y en eso llegó la CÁTEDRA. Queríamos que el plato estrella de la velada fuera una sorpresa, pero este Consejo de Sabios que es la CÁTEDRA tiene contactos hasta en el ribazo más recóndito de la jurisdicción de Villamediana, "chavales - nos dijeron - bien huele el cordero". Y claro, de inmediato nos preguntamos, ¿cómo lo saben? Es tontería, el planteamiento en sí de esta inocente cuestión revela bien a las claras que estamos muy por debajo de ellos, de su ciencia y de su grandérrima prosopopeya. Qué porte, amigos, tendrían que haberlos visto, qué ademanes y qué saber estar. En fin, que nunca, absolutamente nunca, llegaremos a Su Altura.
Como se aprecia en la foto, el Cofrade Paco, nuestro Maestro de Ceremonias, acompañó en todo momento al Consejo de Sabios. La mesa ya estaba lista, faltaba elegir el vino, pero... ¿qué vino?

Ya ven, amigos, con la sabiduría llegó el buen vino, que, como bien nos lo especificó la CÁTEDRA, fue extraído de la Cuba Republicana ex profeso para la ocasión. Se trata de la misma cuba que solazó nuestra anterior cena en el Paraninfo (ver). Fantástico detalle de la CÁTEDRA, que nosotros agradeceremos siempre.
Al meterlo en boca recordamos la cena del año pasado y la cata comentada que nos ofreció el Catedrático Reinares, y otra vez, por el conductista estímulo del vino, asistió a nuestras mentes ese aroma a tomillo que perfuma las cepas en Valsalao y el olor a harina y candeal en la tahona de la Victorina, ¡qué hermosa es la humildad, amigos! ¡Y cuánta belleza reside en ella! Y por esos senderos del beatus ille..., qué lejos nos quedaban los hampones que copan titulares en los periódicos; qué lejos estábamos de la obscenidad frívola y chusca de duques, tesoreros, exmaridos y exmujeres; qué lejos de los consentidores y los influenciables, archirricos todos y amicísimos del dinero ajeno y sucio. Lejos, muy lejos.

Pero volvamos a la crónica. Con el vino en la mesa, todo estaba listo para el Rito Eucarístico, que se llevó a cabo, como suele ser habitual en la Cuadrilla, siguiendo dogmas preconciliares y postconciliares, para doble agrado de la CÁTEDRA.

Y llegó el momento estelar, el momento esperado por todos. Era la noche del cordero, ese inocente animalito que quita los pecados del mundo, y que adquirió este dorado exquisito en el horno de la Panadería del Chula, otro de los lugares míticos de Villamediana. Este asado es simple y llanamente insuperable, y mi prima Blanqui tiene toda la culpa de que sea así.

Las raciones fueron servidas siguiendo el protocolo orquestado por el Cofrade Paco, nuestro Maître de excepción, y como verán las patatas panadera cobraron una especial relevancia. La CÁTEDRA no pudo evitar dedicarnos algunas palabras en las que con un entusiasmo muy contenido, no nos olvidemos de que a ellos les mueve la mesura, ensalzaron nuestra capacidad organizativa, el éxito del menú y nuestra habilidad para presentar los platos en mesa. En ese momento, queridos ciberlectores, la Cuadrilla al completo estuvo a punto de despegar los pies del suelo. Qué huecos nos pusimos, amigos, implados como pavos reales tras el éxito del cortejo.

Después llegó la tertulia, la amena charla de la sobremesa, en la que no faltó, como no podía ser de otra manera, un postre de naturaleza industrial, unos deliciosos milhojas de genuino origen poligonero, que fueron rabiosamente aplaudidos y celebrados por la concurrencia.
Como anécdota, cabe destacar lo ocurrido con el Verso Suelto, que llegó tarde a los trabajos de preparación de la mesa y que fue amonestado por la mismísima CÁTEDRA, vean el gesto de preocupación de nuestro catecúmeno.

Este es el momento en que el Catedrático Reinares nos informa de que antes de nombrar oficialmente Cofrade al Verso Suelto (hay que dejar claro que primero tiene que superar la prueba de los sarmientos) se le ha de pasar primero un informe detallado acerca de su comportamiento en el terreno, es decir, en la viña. Así, pues, sin el sello de la CÁTEDRA y su expresa anuencia no habrá Coronación. Tiembla, Juan, tiembla.

Foto de la bahía dedicada al Parien.
Y de esta manera, y de otras que no cuento, poco a poco, fuimos adentrándonos en la madrugada del sábado, conversando, practicando libaciones y visitando algunos de los más señalados establecimientos hosteleros de Villamediana. 
Acababa así un auténtico Jour de Gloire, tenemos que decirlo así, con toda rotundidad y con el respaldo de la verdad objetiva. Nos avalan las palabras hermosas que nuestros ilustres invitados nos dedicaron, palabras de elogio y alabanza que nos guardamos para nosotros mismos, acaso porque estamos ya aprendiendo de ellos, y prudencia y mesura han de ser blasón de nuestra bandera.

No obstante, lo dicho, mesura en la alabanza (el autoelogio envilece), pero incontinencia en el buen yantar y en el mejor beber. 
Y al final de la noche, en fin, qué les vamos a contar a ustedes que no sepan ya...

Allons enfants de la Patrie, le Jour de Gloire est arrivé

Estáis todos bendecidos, caros amigos.


jueves, 14 de febrero de 2013

A veces pasa

 A veces pasa, que un monte eclipsa a otro, y mimetiza bajo su falda el promontorio sometido.

A veces pasa, que por encima de una estampa urbana se erige un pueblo, una villa que despunta a lo lejos reclamando la excepcionalidad de su señorial altura.

A veces pasa, que sin estar el sol, prevalece su destello mortecino, o que habiendo desaparecido los coches, perdure la huella de su fulgor eléctrico.

A veces... pasa.